EL EXTRAÑO CASO DEL DOCTOR
RETRO Y MISTER PROGRE.
Javier Eusa.
No puedo, ni quiero, ocultar el parecido del título que encabeza este relato con la famosa obra del conocido escritor R. L. Stevenson, “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mister Hyde”, dado que el caso que narro a continuación guarda importantes analogías con la mencionada obra.
Todo comenzó una mañana fría y lluviosa de enero, en una Pamplona apenas estimulada por las rebajas, mientras los pequeños comercios que aún resistían trataban de salvar la temporada, asediados por el gran coloso de los triangulitos verdes y negros, icono del consumismo de clase media.
Andaba yo ocupado en la contemplación absorta de las volutas de humo de pipa que juguetonamente trataba de moldear al exhalarlo, cómo se agrandaban esos graciosos anillos hasta desvanecerse, en mi despacho de detective privado. Un negocio que había emprendido con más ilusión que cálculo, y que el tiempo y la penuria habían hecho pasar por el filtro gris de la mediocridad.
En esto que acertó, es un decir, a llamar a la puerta una voz femenina, a la que contesté raudo, y sin apenas tiempo para recomponer la pose, recibí a una mujer bien parecida, ataviada con pieles y cueros, el rostro arreglado por sesiones de “esteticien” y capas de maquillaje, oliendo a perfume caro. La conduje a mi sala VIP, y una vez acomodada se explayó con su caso. Con una altivez que apenas contenía lo trémulo de su voz, me contó que sospechaba que su marido le era infiel, pues le había observado comportamientos extraños. ¿Cómo de extraños?, inquirí. Me respondió que eran pequeños detalles, como vestirse con tejanos, oler a tabaco y vino tinto, y ausentarse durante horas.
Inicié de inmediato la investigación. El sujeto, al que llamaré en lo sucesivo el Doctor Retro, trabajaba en el CIMA, un centro de investigación médica ligado a la Universidad de Navarra. Al mismo tiempo, era propietario de una oficina de farmacia, donde además trabajaba su esposa. Por cierto, en esa farmacia, tal como esperaba, no vendían preservativos ni ningún otro anticonceptivo. Con respecto a su trabajo en el CIMA, descubrí que investigaba sobre fármacos modificadores del comportamiento humano. Como puede observar el avispado lector, la analogía con “El extraño caso...” resultaba evidente. Pero la evidencia se hacia mayor al observar sus costumbres. El Dr. Retro, además, llevaba una vida rayana en lo arquetípico: iba a misa los domingos, frecuentaba lugares y ambientes donde era clara la presencia de la Obra, y así mismo era asiduo colaborador del Diario de Navarra, sobre temas relacionados con la moral y la ciencia. Alguna vez incluso había llegado a formar parte de listas electorales encuadradas dentro de la derecha navarrista. La preocupación por la lucha entre el Bien y el Mal, y la ciencia como fiel de la balanza... Parecía directamente inspirado por el mismo R. L. Stevenson.
Sin embargo, súbitamente, tal como había explicado su esposa, el Dr. Retro había cambiado de hábitos, y había empezado a frecuentar ambientes por completo extraños para él, como sidrerías y bares del Casco Viejo, y entablar amistades con gentes totalmente ajenas a su círculo habitual. Eran personas dispares que tenían en común un aire progre-informal en su estar y vestir, dentro de un espectro de clase media, según pude constatar por métodos que prefiero mantener en el secreto profesional.
Comuniqué estos hallazgos a su esposa, y por la analogía con el “caso del Dr. Jekyll”, sospeché que se trataba de un caso similar. Obtuve autorización de su esposa para examinar los efectos personales del sujeto, y lo que hallé confirmó la hipótesis. El Dr. Retro, hombre de profundas creencias religiosas, preocupado por la lucha eterna entre el Bien y el Mal, había probado consigo mismo un fármaco que cambiaba de forma drástica la orientación ideológica y moral del sujeto del ensayo. Así, el Dr. Retro, bajo los efectos de la droga, adquiría una nueva identidad, a la que, acertadamente según creo, di en llamar “Mister Progre”.
Estos hallazgos sorprendieron a mi cliente, y una vez descartada la infidelidad, posibilidad esta que le producía gran alarma, pareció sosegarse. Cuando, recordando la susodicha novela, le planteé la posibilidad de que tales cambios fueran incontrolables y hasta irreversibles, arqueó las cejas, y dejó entrever que estaba harta del lunático de su marido, y que haría lo posible por devolverlo a la normalidad. Aunque bien pensado, la nueva situación también tenía su lado divertido, admitió con un punto de cinismo. Y fue con esa medio sonrisa, y el correspondiente cheque, como me despedí de ella.
A modo de epílogo, añadiré que en la vida del ahora Mister Progre empezaron a operarse algunos cambios. El más notorio de ellos fue que en la farmacia del Doctor empezaron a dispensarse condones y otros anticonceptivos. Y fue notorio, porque causó honda conmoción entre el circulo habitual de amistades del Doctor. De hecho, en el CIMA se plantearon muy seriamente despedir al Doctor por conducta amoral. Sin embargo, una multinacional farmacéutica mostró gran interés por sus experimentos, de evidente utilidad para la “guerra contra el terrorismo” emprendida por los USA y otros Gobiernos occidentales, y aplicable también para reprimir a la disidencia política y social, una represión tan necesaria con el auge de Gobiernos “populistas” y de la izquierda en América Latina, como reacción a la globalización neoliberal.
Así que en el CIMA tuvieron que mantener al Doctor, ahora ya Doctor Progre a tiempo completo. Como mal menor, argumentaron, por el bien mayor de contener a los enemigos de la fe verdadera.
Por lo demás, las amistades habituales integristas dieron la espalda a la pareja, y ésta cambió su círculo social, por gentes acordes con la nueva identidad liberal-progre de Mister Progre.
Y en la farmacia del Doctor, concienciado con la problemática de la globalización, contrataron auxiliares sudamericanos, que además de cobrar menos, enviaban dólares a sus familiares, en aquellos países tan pobres. Había que hacer lo posible y necesario por combatir a los enemigos del liberalismo.


