¿QUEDAMOS?
Carlos Erice Azanza
Para la ONG Ama Mayte y las familias
navarras que colaboran en sus proyectos de Guinea
Ecuatorial.
Llueve. Rodeas la taza de café caliente con tus manos mientras observas la
cristalera empañada. Algunas luces de Navidad adornan borrosas la plaza. Desde
luego, chica, quién te habrá mandado embarcarte en semejante aventura. En mala
hora descubrió tu hijo esa página web. Pero qué le vas a hacer, te puede la
nostalgia.
Hace ya más de cuarenta años que abandonaste Santa Isabel, la que luego
llamaron Malabo. Como tú, muchos otros españoles salieron de Guinea, huyendo de
Macías. Pero nunca conseguiste olvidar aquel cielo, la tierra roja ni esa calidez de
las gentes de la colonia. Y en tu corazón perviven radiantes las sonrisas de los niños
bubi.
Ese rincón de las www te ha devuelto tu infancia. Has encontrado un lugar
donde personas como tú comparten recuerdos: fotografías de la catedral de Santa
Isabel, en la Plaza de España, donde fuiste bautizada; el puerto viejo; las playas
salvajes con los cayucos varados en la arena; los jardines frondosos con sus
altísimas palmeras o nuestros domingos en la piscina del Club Náutico.
Reconoces caras.
Todos opinan en el foro. Comentan las imágenes, proponen reencuentros,
recuerdan chismes e incluso dejan sus números de teléfono. Tú no puedes ser
menos, Isabel. Sorprendentemente, uno de esos desconocidos dice que vive aquí, tu
ciudad desde el 86. En esta tierra verde y lluviosa te habrás cruzado por la calle con
cualquier compañero de juegos de tu infancia africana y no has sabido reconocerlo.
Será Tino, hijo de Gabriel, el funcionario de Correos, que vivía en la Calle Reina
Victoria. O Ramón, cuyo padre era interventor en el Banco Hispano Americano y al
que echaron del Cine Jardín una Semana Santa al no aguantarse la risa mientras
veíamos Quo Vadis. O tal vez alguno de aquellos jóvenes guardias civiles, tan
elegantes cuando desfilaban por la Avenida General Mola en el día de la Virgen del
Pilar, entre los aplausos de los nativos.
Por eso estás aquí, porque antesdeayer llegó un mensaje a tu correo hotmail,
ése que apenas sabes usar, firmado por el pseudónimo Wengé, y que ya te has
aprendido de memoria:
Estimada Isabel, a través de la web que nos une a los nostálgicos de Guinea
Ecuatorial, he podido comprobar con agrado que ambos residimos en
Pamplona. Ya casi abandonando la cincuentena, cada vez siento una mayor
añoranza por mi tierra natal de la que tuve que salir por las trágicas
circunstancias políticas y económicas de todos conocidas. Allá quedaron mis
posesiones, mis amigos y las tumbas de muchos de mis parientes. He rehecho
mi vida en España y me la gano honradamente en el sector de la construcción.
Pero el deseo de compartir recuerdos con mis paisanos se agudiza. Disculpe
mi osadía, pero me haría muy feliz si aceptase compartir conmigo una taza de
café guineano, este sábado a las seis, en el Iruña, en los porches de la Plaza
del Castillo.
Ahí estaba, pues, escrutando impaciente a través del ventanal, a ver quién aparecía
entre la nube de paraguas. Se había presentado media hora antes de la convenida.
No había contado nada a sus hijos. A su hija adolescente le advertía una y otra vez
sobre los peligros de contactar con desconocidos a través de esos chats. Por no
mencionar la horrible ortografía que empleaban. En cambio Wengé, con su educada
y amable invitación, proponía un escenario radicalmente distinto. ¿O no? Isabel lo
encontraba romántico incluso. Un correo electrónico poco tenía que ver con las
cartas perfumadas de su juventud, aquellas ardientes declaraciones de amor, de
lenguaje florido y caligrafía pulcra. Pero había producido en ella el mismo cosquilleo
ilusionante. Una divorciada de cincuenta y muchos años, poco dada a salir y a la
vida social, no estaba acostumbrada a vivir experiencias tan excitantes. Recordó
súbitamente a los chicos de su adolescencia, jugando en la playa o zambulléndose
en el mar. Ella siempre procuraba protegerse del sol ecuatorial, con un salacot
blanco cubriendo su melena rubia y blusas que escondían su delicada piel pecosa y
su cuerpo, del que no se sentía especialmente orgullosa.
Adoro las fotos que veo una y otra vez en la web. Aquella ciudad mía, en cuyo honor
llevo mi nombre. Nuestra huida precipitada, poco después de la independencia,
cuando el Embajador español informó a mi padre de que no se encontraba en
condiciones de garantizar la seguridad de los europeos de Fernando Poo. Sólo
conseguimos llevarnos lo que pudimos meter en tres maletas. Nuestra casita blanca
de estilo colonial en Punta Cristina y el Mercedes color crema se quedaron allá, para
siempre, pegados a mi nostalgia.
Menos de cinco minutos para las seis. Que no se te note nerviosa. Supongo
que él también se estará preguntando si me conoce, si habré cambiado mucho en
estos años. Él habrá engordado y perdido pelo. ¿Le conoceré? O lo que es peor,
¿fuimos amigos entonces y ahora no podré recordarlo? Somos más o menos de la
misma edad y casi todos los españoles nos conocíamos. Pero ha pasado el tiempo.
No te hagas ilusiones. Sólo es un hombre con el que vas a tener muchísimos
recuerdos comunes y cosas de las que charlar. Melancolía compartida por la tierra
perdida, simplemente. Nada de afanes románticos. Pero yo, por si acaso, estreno
ropa y esta mañana he pasado por la peluquería. Tengo que vencer a las canas si
quiero seguir pareciendo rubia.
Vibra el móvil. Qué oportuno. Mi hija. Un mensaje de texto. A ver si puedo
recogerla a la salida del cine. Buena excusa si no me encuentro cómoda con ese
hombre. Veamos si soy capaz de contestarle con otro mensaje.
Sin darme cuenta, una figura se ha plantado junto a mi mesa. No he oído la
puerta ni sus pasos hacia mí.
—¿Isabel? Soy Wengé.
Sobresaltada, levanto la vista. El teléfono móvil se me escurre entre las manos.
Ahí está.
Es un bubi.
Y tremendamente guapo.


