LOS OTROS CORREDORES.

    

Rubén Martín Camenforte


  Llegamos a Pamplona una madrugada de lluvia cansina. Apretados en una variopinta paleta de estados de ánimos; algunos coincidentes. En la mayoría de nosotros, la sobreexcitación producida por el momento tiraba de uno de los lados de una metafórica cuerda imaginaria, que asía el indudable agotamiento por el otro de sus cabos. Particularmente, acudía a aquella ciudad a cumplir un sueño de infancia. En casa siempre se había hablado de la semana de ese Santo y sus carreras callejeras. Era de las pocas cosas del mundo exterior que aquellos hombres de campo nos transmitieron a las distintas generaciones. Inscrito en los fondos nuestro sustrato instintivo, trenzamos los nombres de Santo Domingo, Ayuntamiento, Mercaderes… Crecimos, sorteando en lo imaginario el imposible curveo de Estafeta.

El sueño se plasmó una resbaladiza mañana de julio. Varios mansos emprendieron la carrera incitándonos el paso. Todos sonreímos cómplices, dejándoles creerse su recurso de engaño. Embaídos por el creciente bullicio, uno de los nuestros pareció querer avivar latidos, quedando rezagado intencionadamente. Desde nuestra infancia en la dehesa, Joropín siempre fue diferente. Él era el único que cada tarde de los veranos, acudía al pie de la cerca. Pegadito a sus maderas, escuchaba al nieto del capataz leyendo sus libros a los aires del campo. Giré de reojo la cornamenta y lo contemplé volteando esbelto, cornicorto, ignorando altivo el incitante reclamo de mozos y pastores.

  —¡Ya voy, ya voy! —se dijo para sí, dejando ir su endémica voz calma.

Plantado boyante, sostuvo durante unos segundos más la mirada alzada en una abarrotada balconada.

Aquel 9 de julio, mi amigo envistió sereno. Empujado por una calma satisfecha. Zurdo nato, cogió e hirió con el pitón izquierdo. Fue el único zurdo de la tarde. Seiscientos quilos de color ceniza. En la espera de los toriles, supimos porqué se había detenido en aquel angosto de calle. Lo hizo para cumplir su sueño. Deseaba cruzar la mirada con el hombre que escribió uno de los libros que le habían gustado tanto. Desgraciadamente, ninguno de nosotros volvimos a soñar.



      Escrito desde el cielo.