LA RUEDA.

    

Jorge Juan Repollés Berriochoa


Nos conocimos en Madrid, hace unos treinta y cinco años. Él, que resultó ser de Tudela, y yo, nacido en Corella, parecíamos destinados a realizar juntos algún proyecto en aquella ciudad. Llegando a ella por caminos diferentes, coincidimos los dos, una tarde, en una presentación de nuevos asalariados en un estudio de Televisión Española. A los pocos días, yo iba a empezar a realizar unas prácticas, remuneradas, ayudando a un nuevo grupo de documentalistas que querían plasmar la situación política del país en imágenes. Él llevaba ya casi una semana en plantilla, como ayudante de un equipo ya formado, cuya labor consistía en analizar y valorar la calidad de los contenidos emitidos. No es que nos hiciéramos amigos durante el tiempo que estuvimos allí; ni llegamos a ayudarnos en el trabajo, a conversar demasiado o ni siquiera a brindar por los nuevos tiempos bebiendo a turnos de la misma botella (algo que se convirtió para mí en un casi sagrado ceremonial a celebrar con mis compañeros antes de que siguiéramos indagando cada noche en los ciclópeos archivos de imágenes). Aún siendo conscientes, él y yo, de la importancia de aquella época que nos tocó vivir a nuestra edad, o precisamente por culpa de sentirnos a veces tan importantes, quizás demasiado fieles a las propias teorías que se nos iban acumulando sin darnos cuenta en la cabeza (como suele ocurrir con las pelotitas de tejido que aparecen de la nada en el ombligo al estrenar algunas camisetas), con el tiempo surgió cierto tipo de recelo recíproco. Si yo lo llegué a sentir, tengo que suponer que él también. Cuando se dirigía a mí, a solas, no me hablaba de otro asunto que del gran futuro que tenía la televisión (entre otras razones, gracias a las correcciones sugeridas por él a su equipo). Y yo, lo único que procuraba, cuando me lo encontraba en alguno de los pasillos de las plantas de archivo, era evitar hablarle de mi trabajo. Bien porque en la vida real sucedían hechos que creía que merecían mucha más atención, o bien porque estaba seguro de que los antecesores de aquel recién estrenado equipo dedicado a la calidad de contenidos también estarían convencidos, en su momento, de la validez de sus decisiones. Ya en aquel tiempo, el concepto de propaganda me obsesionaba. Y cuanto más buceaba en los archivos, peor me sentía. Muy valioso era para mí acercarme poco a poco a pequeñas verdades (que sumadas entre ellas no podían dejar de conformar un conjunto verdadero), pero me daba cuenta de que era muy difícil reflejarlas en un documental muy limitado; en tiempo y en espacio, y por nuestra falta de conocimientos. Pasados unos meses, dejé de lado aquel trabajo, y también el mundo de la televisión. Me lancé a recorrer el país con energía, con rabia, y con ansias de vivir experiencias que sólo se iban a archivar en mi cerebro.


Pero, así como el mundo que abandoné hace tanto tiempo nunca es de fiar en cuando a la calibración de lo real, aquellos años de viajes, de ayudar y de ser ayudado, de búsquedas y de encuentros, tampoco lo son, o no tienen por qué serlo. Lo importante, lo decisivo, radica en quién se encarga de realizar la medición. Los que tienden a minimizar (ya sea por desidia, vagancia, desconocimiento o interés) las diferencias entre lo ocurrido y lo emitido, son seguramente los mismos que, sin hacerse una mísera pregunta, consideran como completamente inútiles el tipo de experiencias en las que me aventuré. Escribo “seguramente”, porque no tengo otro remedio; si no lo hiciera, estaría cayendo en la misma trampa que Manuel. Porque así se llamaba, así se llama, mi vecino de Tudela, Manuel.


Hacía muy poco, nuestros destinos se habían vuelto a unir, esta vez en los estudios de Navarra Televisión. Las condiciones casi se repetían: él, hacía un mes que había sido contratado como director de contenidos; yo, llevaba dos días, de nuevo en prácticas, como ayudante de realizador. No remuneradas, he aquí la diferencia. Si él podía pensar que yo era un fracasado, y que además había tenido la suerte de dar con una posibilidad de volver al mundo real, yo opinaba que era él quien debería sentirse triste y apenado; por llevar tanto tiempo haciendo lo mismo, y por haberse cerrado tantos caminos en la vida. No hace falta que dé muchos detalles sobre aquel futuro, hoy pasado, de la televisión de calidad de la que tanto me solía hablar. 


Anteayer compartimos diez largas horas de trabajo. Es época de cosecha, y muchos comerciantes locales quieren publicitarse. Hay que estar muy atentos con los horarios, la duración de los cortes y el número de repeticiones del mismo anuncio. Y fue ayer, al final de otra cansina sesión de aprendizaje, cuando llegué a la conclusión de que lo único que realmente le importaba a Manuel, de todos aquellos mandos y controles que tenía ante sí, era ajustar cierta rueda, con la que, girándola más o menos hacia la izquierda o hacia la derecha, se controla el volumen final de la emisión. Siempre sentado justo enfrente de ésta, con la mayoría de cuñas (las que tenían que ver con los productos de la huerta navarra) se limitaba a no tocarla. Pero cuando les llegaba el turno al resto de los anuncios, y a la programación, se dedicaba a girar bruscamente la rueda hacia la derecha. Me decidí a preguntarle.


Manuel, ¿por qué no giras eso hacia la izquierda y dejas de molestar a la gente? –

Porque me interesa –

¿Eh? –

No quiero que suenen muy altos esos anuncios de conservas; tengo mi propia fábrica, ¿acaso no lo sabías? Deja que se queden sordos esos payasos escuchando las noticias, o el resto de basura que emitimos –


Antes de que abandonara mi nueva oportunidad de volver al mundo real, provoqué un absoluto silencio en aquella sala. Más que alguno, muchos, se pudieron relajar por unos instantes, antes de acostarse.