¡Ya tenemos relato ganador!

El relato de la pamplonesa Noemi Orella Fernandez ha sido el elegido después de arduas deliberaciones, dado el nivel de los casi 50 relatos recibidos. El relato, El pan de la tarde, ha sorprendido al jurado por su forma de acercarnos, con una metáfora cercana, a un balcón desde el que se ven los peligros de ciertas costumbres, que, sin necesitarlo, vamos adquiriendo hasta elevarlas al rango de necesidad.

Un estilo cercano, fácil de leer y de interpretar hacen un cuento redondo, con moraleja y todo.

Muchas felicidades a Noemi y a los demás participantes por el nivel de los trabajos entregados, de los cuales, hemos hecho una selección que podéis leer aquí mismo.

Muchas gracias a todos.

La comisión local de IUN-NEB Pamplona.

                 Relato premiado

                El pan de la tarde.

         de Noemi Orella Fernandez


Había una vez una pequeña ciudad en la que no existía la hornada de pan de la tarde. El pan se elaboraba una vez al día, a las seis de la mañana, y duraba tierno hasta media tarde. Había una vez, no muchos años atrás, en la que en Pamplona todos, ricos o pobres, cenábamos con pan duro. Bueno, quizá no era duro, pero tampoco era tierno.

Los tiempos han cambiado y la ciudad también. Ahora, como corresponde a una ciudad de esta categoría, se han producido varios progresos. El diario de Navarra se hace eco hoy de una importante noticia: se cumple el aniversario de los principales adelantos de la modernidad, los que han marcado un hito en la historia de la ciudad, un antes y un después en la vida de los pamploneses.

Como todo el mundo sabe, los actos, celebrados en el reyno con grandes agasajos, conmemoran el 12º aniversario de la semana del pincho, el 7º de la semana de la cazuelica, el 5º de la semana de la trufa, y el 20º aniversario del ya mencionado Pan de la Tarde, todos ellos logros de importante relevancia en la historia de la modernidad de esta ciudad.

Durante la celebración un emisario real del real reyno ha hecho notar además, el importante estatus actual del Real Club del Reyno, antiguamente denominado Osasuna, que en su infinita gracia Real, ha tenido a bien mantenerse a flote y no bajar a segunda en las últimas temporadas.

Los allí presentes lloraban de alegría al constatar la magnificencia de su lugar de nacimiento, la sempiterna gloria de su real reyno, la colosal grandeza de su villa.

La muchedumbre coreaba, se abrazaba, y un desfile de Caballeros de la Cofradía, precedidos de su séquito, se daba un baño de multitudes mientras la plebe se arrodillaba a su paso.

El comitiva y su cortejo continuaba la expedición hasta la catedral, donde,  el Cofrade Mayor de la Cofradía del Pincho de Chorizo (de Pamplona), principal órgano rector de la municipalidad, sería investido, por aclamación popular “Magno, excelso, egregio, colosal, extraordinario, noble y leal Soberano del Reyno”.

Y no era para menos; nadie en toda la urbe se atrevía a imaginar mejor sitio para vivir en todo el universo, ahora que todos los ciudadanos tenían la libertad de escoger comer pan tierno por las noches. Tierno, esponjoso, crujiente, caliente, recién hecho. Quién podía pedir más. Todos se habían dejado conquistar por esa comodidad.

¿Todos? No!. Una cuadrilla formada por irreductibles celíacos intentaba hacer ver al resto  la razón de su sinrazón. Infiltrados entre el escuadrón 5º de la Brigada Esloketoka, desplegaron una pancarta con un lema antibarra. Los chapatistas repelieron brutalmente la manifestación, y el Cofrade Mayor, con una sarcástica mueca se dirigió al pueblo diciendo: “si no les gusta el pan, que coman pasteles”.

Por la noche, en una clandestina reunión de los irreductibles, se acordó llevar a cabo otro tipo de acciones. Divididos en grupos, mostrarían al pueblo la esencia de su lucha. Les enseñarían a hacer su propio pan, las diferentes variedades de pan existentes (prestando especial atención a los panes negros y a los talos), y charlas sobre una vida alternativa sin pan. Al día siguiente comenzó la movilización. Lo que esperaban iba a ser una revolución inmediata, liberando al pueblo de la esclavitud de depender siempre de pan recién hecho y de las comodidades que conlleva, no fue tal. El populacho estaba amodorrado, con la resaca propia de la festividad del día anterior. No querían ni oír hablar de una revolución, les daba igual sentirse esclavos de las comodidades a las que se habían acostumbrado, o saber que incluso había gente que no podía acceder a comprar pan recién hecho. Les bastaba con poder disfrutar ellos de ese bienestar. Las charlas, los talleres, las pancartas, las manifestaciones, no parecían tener éxito.

Pero continuaron, impertérritos en su lucha, hasta un día en que cayó un rayo sobre la central eléctrica, y todo el mudo desayunó, comió y cenó con pan duro. Fue el primer paso de la ahora conocida como Revolución Hipoglucémica.